El taxista desubicado.

taxi
Esto es una historia real vivida en primera persona. No invento nada. Una historia de sexo, drogas y Rock&Roll.

Vale, no hay sexo. Ni, a las horas que escribo, Rock&Roll. Pero la historia sí que… Eh! ¿Queréis seguir leyendo? Que drogas… pues no sé si hay. Pero un montón de neuronas quemadas por el alcohol me da a mí que sí.

Como me harto de repetir, estoy en una escuela de teatro. Estamos preparando el fin de curso y debo ir con traje. Entre una cosa y la otra, llevo zapatos de los de vestir desde hace unos días. Mis pies me lo agradecen mucho, esto de estar acostumbrado a calzado deportivo y de repente ponerse unos buenos zapatos casi nuevos del poco uso que les doy, con el calorcito de estos días, les sienta como un bálsamo. Como si les hiciera un masaje con un papel de lija exquisito. De hecho, cuando llego a casa me da rabia quitármelos. Ir descalzo en estos momentos es una tal tortura que estoy por volvérmelos a poner y dormir con ellos.

De esto tampoco va la historia. Pero me apetecía desahogarme. Que uno es humano, coño.

El caso es que hoy hemos salido del ensayo mas tarde de lo habitual. Nadie se ha querido quedar a cenar y tomarse unas cervecitas. Que no lo entiendo. Entre quedarse a tomar unas cervecitas con los compañeros que últimamente ves a diario tras un duro día de trabajo y ensayos, e ir a casa a echarle un polvo a la novia, ¿vosotros que haríais? ¿Está claro, no?

Total, que he decidido ir a casa en taxi. Primero me he encontrado con un par de taxistas de origen árabe libres. No los he tomado. No por racismo ni nada por el estilo, sino porque al a) estar cansado b) dolerme los pies y c) tener prisa en llegar a casa, ponerme cómodo y dormir, pues no estaba con ánimos de tener que detallar con todo lujo de detalles el camino a mi casa. Y creía que pasaría esto, porque ya me ha pasado otras veces. Mejor otro día, más despierto.

Así que una manzana más adelante pasa un taxi, lo paro y me subo. Todo un hidalgo español de unos sesenta años con un castizo bigote y pinta de haberse conducido varias veces España entera y Portugal, me pregunta a donde voy. “A calle Pepi con Mariloli”. “¿Me podría indicar?” Empezamos mal…

“Pues a un par de calles en tal dirección de Joanic”

“Es que no me ubico…”

Joanic es una plaza relativamente conocida de Barcelona. Vaya, que si llevas un poco de tiempo en el taxi, deberías conocerla. O por lo menos, saber en qué parte esta. Aparte de darme pereza, soy malo indicando por donde ir por no tener carné de conducir, y no saberme los sentidos de muchas calles.

“Pues sigues recto (estamos en gran vía) hasta más o menos paseo San Juan, y tiras para arriba”.

Arranca y vamos. Cruzamos Paseo de Gracia.

“Pues no se qué pasa, ¡que no me ubico! ¿Qué calle es esta?”

“Paseo de Gracia…” contesto, mientras discretamente me aferro al reposabrazos.

O la calle más famosa de Barcelona. Donde está la Pedrera, Casa Batlló, decenas de reclamos turísticos, tiendas de lujo, restaurantes, tiendas de “quiero parecer burgués”, cines, tiendas de “no tengo un duro pero así voy arreglao”, la Bolsa de Barcelona… Vale. Es tarde. De noche. Yo también estoy cansado. Pasando de largo así rápido, quizá no caigas.

“¡Pues es que no me ubico, eh! Bueno, ya estamos llegando a Paseo San Juan. ¿Ahora para donde?”

“Pues…” Contesto, mientras maldigo mi pereza a sacarme el carné de conducir, y me pregunto por donde debería girar. “Cuando puedas, tira para arriba. O bueno, por donde se suba hasta llegar a Joanic”. ¿Pero por qué debo sacarme el carné? ¿Para guiar a taxistas?

“No, si Joanic está ahí arriba. Por aquí mismo.”

¡Por fin! Ya se ha ubicado. Estará cansado, el pobre. Una dura jornada conduciendo de acá para allá agota a cualquiera. ¿Por qué conduce tan despacio? Llegamos a Córcega, y no se puede subir más.

“Vaya, pues no. Porque esto es Travessera, aun estamos en Girona, y no podemos girar hasta llegar a Joanic. Espera, que pongo el Tom Tom”.

Buena idea. Pero va y coge una manoseada guía de Barcelona, que hojea con cara concentrada. Para el coche en un chaflán. Alargo un poco la cabeza y, mientras sigue hojeando, veo que efectivamente tiene un Tom Tom. Pienso: “estoy a diez minutos andando. Pero me duelen los pies y…”

“¡Ah, mira, aquí esta!. Pepi con Mariloli.”

¡Por fin! Pero… esto yo ya lo había dicho antes. Acabo de hacerlo. No cantemos victoria. Arranca y toma Córcega dirección Paseo de Gracia. Ahora bajara, girara, subiremos por la calle correcta y listo. Pero no. Pasa una calle, otra… llegamos a Paseo de Gracia, subimos por Gran de Gracia, cruzamos Travessera de Gracia… Barcelona, si intentas escribir sobre ella con un mínimo de estilo (y gracia), evitando ser confuso y repetitivo, lo pone difícil.

Ya voy pensando que si está evitando las calles principales y se propone atravesar el barrio de… Gracia, sin cruzarlo por Travessera con la de calles peatonales y sin salida que hay, o no tiene idea de conducir por Barcelona o me está tomando el pelo. Que quizá quiera subir hasta rodearlo por la otra Travessera, de Dalt, pero que de rodeo es un huevo y que ya verás cuando se desubique…

“¿Aun no hemos cruzado Travessera de Gracia, verdad?”

“Si, ya la hemos cruzado”. Quiero bajarme.

Para el coche. Saca otra vez la guía. Ahora estoy a media hora andando. Me da igual. Quiero bajarme.

“¡Ahora sí que no sé donde estoy!”. Quiero bajarme.

Empieza a hojear. Saco un billete con el que pagar el viaje. No debería. Pero estoy cansado para discutir y prefiero caminar media hora con los pies doliéndome a estarme una hora en el taxi o montar un pollo.

“Es igual… no pasa nada. No estoy muy lejos, ya voy a pie”

“No, si… ¿a qué altura estamos?”

“Es igual, de verdad… Tome.”

Coge el billete y me da el cambio sin decir nada. Me despido, abro la puerta y salgo. La próxima vez que vea a taxistas de origen árabe, les diré alegremente: ¡Salam!

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2 pensamientos en “El taxista desubicado.

  1. Pingback: El taxista desubicado. « How I learnt to stop worrying and love …

  2. juas, este tío de qué planeta venía? Gino, deberías haberle roto las piernas, no nos pueden vacilar de esta manera…

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