La erótica del intelecto

Aquí va otro ejercicio, este descartado, del taller de narrativa.

El caso es que se trataba de narrar una escena desde dos tipos de voces narrativas, ya sea la 1ª persona protagonista, la testigo, 3ª persona cuidando la distancia sobre los personajes, etc.

Yo quise hacer algo divertido, donde la visión subjetiva y limitada del protagonista se completase con la más completa, objetiva y distante de la 3ª persona.

Pero es que a mi protagonista se le ve el plumero, señores, se le ve el plumero…

Por cierto, habiendo hecho teatro, ¡que divertido resulta escribir con la voz del personaje!


Ser catedrático universitario no es una profesión exenta de riesgos. Podría parecer que en un trabajo donde lo que se ejercita es la mente y no el cuerpo, a salvo de percances físicos, sea un trabajo seguro. Y en apariencia así es. Un vendedor de seguros poco nos podría vender, a no ser coberturas contra el lumbago y otros males del oficinista. Pero al lector le resultará evidente que estoy hablando de otro tipo de riesgos.

Aquella tarde había quedado en un café cercano a mi casa para solventar un problema surgido precisamente por la mala gestión de uno de ellos. Un catedrático tiene autoridad, y es responsabilidad suya saber administrarla correctamente. La madurez y el vasto conocimiento que vamos acumulando a lo largo de nuestro largo viaje en búsqueda de la gnosis plena – o el pleno conocimiento, para aquellos legos en la materia – acaba cargando sobre nuestros hombros un aura de sabiduría que encandila a aquellas mentes más sencillas, aun por desarrollar. Si a ello le sumas que nuestro trabajo consiste precisamente en educar y hacer de guía a jóvenes que precisamente ansían llegar a ese estado de iluminación, es fácil deducir que la ecuación puede resultar explosiva. En efecto, ese conocimiento detallado de la compleja naturaleza humana, un prisma de mil aristas con virtudes, debilidades y excesos, ejerce la fuerza de un poderoso imán que fascina a nuestras alumnas.

La chica cuyo fogoso ardor debía apagar esta vez llegó con una puntualidad exquisita. Se acerco a la mesa donde la aguardaba con la sonrisa luminosa y alelada de los enamorados. Al moverse, los pliegues de su ancho jersey de lana bailaban, dejando entrever la forma de sus grandes y firmes pechos en un vano intento de apelar a mi bien templada lujuria. Se sentó y volcó apasionadamente sus apuntes en la mesa, inquiriendo mi opinión sobre los temas más diversos. Creta, cuyo rey Minos nació de yacer Zeus en forma de toro con Europa. Perseo, nacido de la unión entre Zeus como lluvia dorada y Danae. Heracles – Hércules para los profanos – nacido de la unión entre Alcmena y sí, Zeus, tomando esta vez la forma de su marido Anfitrión. La pobre chica me sobreestimaba.

“Carolina, cielo, sé que los hombres maduros deben resultar muy atractivos para ti, pero ten en cuenta que soy tu profesor y no sería correcto.”

Tanta sinceridad la tomó desprevenida. Se irguió tensa mientras la desesperación tornaba sus suaves pómulos en mármol blanco. La incomodidad de aquel que se ve descubierto en una situación embarazosa se apoderó de sus facciones, tensando su sonrisa y mirada. Al cabo de unos segundos su respiración se aceleró y sus ojos se enrojecieron: le había roto el corazón.

“Si quieres podemos hablar de ello. No te preocupes, es algo natural. Aquí puede que te sientas cohibida, así que podemos ir a mi casa. Vivo aquí cerca.”

Fui demasiado duro dejándola en evidencia con tanta crudeza. Avergonzada, guardó sus apuntes a toda prisa y se fue de la cafetería en silencio. En efecto, debemos ser muy cuidadosos y conscientes de nuestro poder, y más aun en el trato con las virginales mentes y las frágiles sensibilidades de nuestros alumnos.

De bonus, intelectual “on fire”

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