La sangre de Las Ramblas

Otro ejercicio de narrativa. Con varias correcciones tras presentarlo, aunque he acabado publicando el original. Esta vez… me ha dado por jugar con el género fantástico…. jejeje

Un relato sensual y sangriento al que me gustaría dar continuidad.

Foto de Flickr


David abrió los ojos y se quedó tendido bocarriba en la cama, inmóvil. Apenas había dormido. Sentía frio y el hambre le recordó la urgencia de su cometido. Adelante, se dijo. Levántate. Se incorporó y, desnudo, se dirigió a la ventana. Echó a un lado los pesados cortinajes y contempló la ciudad. Hacía ya dos horas largas que había caído la noche. Farolas aquí y allá creaban globos de luz que iluminaban débilmente el estrecho callejón, poblado por jóvenes despreocupados bajo los efectos del alcohol. Abrió los ventanales de cristal, sacó la cabeza e inspiró. Un acre olor a sudor y orín le invadió la nariz. A la derecha, al final del callejón, vio las Ramblas. Unas prostitutas africanas ofrecían sus servicios a los viandantes. Su visión le provoco un escalofrío. Apartó la vista, corrió los cortinajes y cerró los ojos.

“Tienes que escoger a quien no se eche en falta. Llevará pocos objetos de valor encima, pero eso no importa. Nadie los buscara”, Le habían dicho. “Esas putas africanas, por ejemplo. Aquí no tienen familia. Solo las buscará su chulo, y ese no podrá encontrarte.”

Esas putas africanas. Las prostitutas. No, aquí no tienen familia. Pero en sus países sí. Así es como las retenían, ¿no? Bajo amenazas de muerte, vudú y esas mierdas. Quizá debería ir a por el chulo. Al fin y al cabo, a él tampoco lo buscaría nadie, ¿no? Y sin duda seria un malnacido.  Lo merecería. Pero no, sería demasiado sonado. Sus compañeros se harían  preguntas. Y llevaba un arma, cosa que podría complicarlo todo. Era un novato. No podía arriesgarse.

Se alejó de la ventana y salió de la habitación. Entró en el vestidor y pasó la mano por las diferentes prendas. Sonrió al darse cuenta que la mayor parte de la ropa era negra. Trajes de camuflaje para la noche. Se puso una camisa y unos pantalones negros. Zapatos y americana del mismo color. No le gustaba nada lo que venía a continuación, pero había llegado la hora. A regañadientes abandonó el pequeño cuarto a oscuras, atravesó el pasillo barrocamente decorado y salió a la escalera.

Se quedo parado en medio de la rambla, observando a la gente. Grupos alegres, bullangueros y borrachos, paseaban con ritmo pausado arriba y abajo mientras las prostitutas se acercaban a los hombres. Una pareja se le cruzó haciendo eses. La chica le dirigió una mirada lasciva mientras el chico le metía la lengua hasta el tímpano. Se centró en las prostitutas, buscando a su presa. No hizo falta. Una de ellas, alta, delgada y corpulenta,  le cogió del brazo.

“Hola, cariño. ¿Tu solo? ¿Tu querer divertirte?” Le preguntó. La chica le sonrió mirándole con unos enormes ojos negros, un abismos oscuros rodeados de mar blanco. “Sí.”, respondió. “Chupar trenta uros, foyar sinquenta”. David asintió. “Ven conmigo, cariño.”

Se lo llevó cogido del brazo internándose en las callejuelas, hasta un rincón estrecho y solitario. Él la observó. El repentino contacto de su brazo, su tenue olor a especias, ligeramente fétido, y por encima de todo el calor que emanaba de su cuerpo, hicieron que su corazón empezase a vibrar. Inclinó la cabeza a su cuello, mientras percibía el latir de sus venas.

“¿Queres foyar o chupar?”

David levantó la cabeza con una mueca contrariada. Allí estaba ella, con el pelo largo peinado a trenzas cayéndole por la espalda, grandes dientes blancos enmarcados por unos gruesos labios y aquellos ojos que le miraban llenos de vida.

“¿Cómo te llamas?”

“No importa. ¿Queres foyar o chupar? Chupar trenta, foyar sinquenta, completo sesenta.”

¿Cómo habría sido su vida en África? ¿Tendría hijos? ¿Vivirían aun sus padres? ¿Cómo había llegado aquí, a Europa? ¿Sabía cómo iba a acabar? ¿La habrían engañado o amenazado? No, no podía hacerlo. No se sentía capaz. Nunca había matado. Hasta ahora, lo habían hecho otros por él. Ni siquiera había presenciado una muerte.

“Lo siento. No quiero nada. Vete.”

“¡Tú maldito gilipollas! ¡Tú pagarme!”, gritó sacando un pequeño cuchillo. “¡Yo perder tiempo! ¡Tu pagarme completo!”

La amenaza del cuchillo despertó su instinto animal. La abrazó, apretándola fuertemente contra sí. Mientras ella gritaba, se elevó varios pisos hasta la azotea del edificio. Se posó suavemente en el tejado. Mierda, ¿le habrían visto?

“¡Monstruo! ¡Suelta! ¡Suelta!” gritaba ella aterrada, apuñalándole en la espalda. El corazón de la chica latía a un ritmo salvaje. El amargo olor de la adrenalina invadía sus fosas nasales. Bajo este, le llegaba otro olor. Más sutil, pero increíblemente cálido, metálico, dulzón. El aroma de su sangre.

¿Qué importaba su familia? ¿Qué importaba su sufrimiento? ¿Qué importaba su corrupción? Lo único que David podía pensar era en la sangre fluyendo por sus venas, palpitando en su yugular. Acercó la cara a su cuello, inspirando profundamente, dejándose invadir por su embriagador perfume, besando suavemente su cálida piel mientras ella no cesaba de gritar, forcejear y apuñalarle.

“¡Hijo puta! ¡Suéltame! ¡Por favor! ¡Por favor!” Suplicó ella, arrancando a llorar. Pero David ya no escuchaba. Cerró los ojos. Se sentía atrapado, hipnotizado por su sed. Abrió la boca deslizando sus labios por la oscura piel mientras buscaba con sus colmillos el punto exacto, la arteria de la cual manaría su preciado néctar.

“¡Por favor! ¡Por favor! ¡Yo hija en Gambia! ¡Mandar dinero! ¡Ella necesitar!”

Con un corto movimiento de su colmillo izquierdo rasgó la yugular. La sangre empezó a manar a chorro llenándole toda la boca. Tragó con avidez el viscoso líquido caliente  que empapó su lengua, notando extasiado como bajaba por la garganta. Poco después el brote perdió fuerza, pero seguía brotando incesantemente. Se recreó en su sabor mientras notaba como le llenaba el estomago, contagiándole placenteramente de su calor. Notó como este se expandía hasta los extremos de todas y cada una de sus extremidades. Cuando cesó de sangrar, aparto su cara sintiéndose saciado. Contempló con indiferencia como la cabeza de la chica colgaba hacia atrás. Los abismos negros y  mares blancos estaban completamente inexpresivos, fríos. Levantó el cuerpo en brazos y se dirigió al borde de la azotea. La calle estaba vacía. Al final de ella cruzaba distraído algún viandante. Bajo ellos se hallaba un contenedor de basura abierto. Con un gesto despreocupado dejó caer el cadáver de la chica, que cayó con un golpe sordo en su interior. “Eres tonto, David”, se dijo sonriendo.

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