Amante despechada I

09 CC de Sebastian R en flickr

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Pronto empezare Novela I, y al mismo tiempo me empieza a picar el gusanillo para contar nuevos relatos. Mientras, voy tirando de archivo…

Un ejercicio más de narrativa, “Focalización omnisciente”. En este caso, contar una misma escena, desde dos puntos de vista subjetivos totalmente diferentes… y con cierta base real. Me encantan estos juegos. ¡Que lo disfrutéis!


*** Laura ***

Cuando Laura llegó, encontró la puerta abierta. Por una vez en la miserable existencia en que se había convertido su vida la última semana, la suerte la sonreía. Con el corazón encogido entró y subió las escaleras hasta el piso de Juan. No tenía claro si se sentía excitada o atemorizada, alegre o indignada. Una vez llego frente a su puerta, se detuvo en silencio largos minutos, meditando si estaba haciendo lo correcto o no. Una vez se decidió, la golpeó con insistencia.

“¿Si?”

“Abre, soy Laura.”

“¿Laura? ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha dado mi dirección?”

Juan, el que se había convertido en el amor de su vida, la había dejado. Después de sacarla del arroyo, de reconfortarla, de hacerle ver que su vida tenía sentido si se decidía a tomar las riendas, había desaparecido. Como mínimo, le debía una explicación. Era lo justo.

“Necesito hablar contigo. Déjame pasar. Estoy segura que ha sido todo un malentendido. Déjame pasar y hablamos.”

“Laura, esta es mi casa, mi vida. Nos veremos pronto, pero no aquí. Lo siento, pero debes marcharte.”

¿Cómo? Con toda la educación del mundo, y sus exquisitos modales ¿la echaba? ¿De su vida? ¿Cómo podía ser tan ruin? ¿De dónde había sacado tanto cinismo? El hacía ya tiempo había entrado en su corazón, sin pedir permiso. ¿Tan raro era pedir un poco de reciprocidad? Poco a poco se había ido ganando su confianza, hasta que ella le había contado sus intimidades mas ocultas, aquellas que mas la avergonzaban, que no había contado a nadie antes. Se había desnudado ante él, ¿y ahora la echaba como a una desconocida? ¡Como a una de tantas!

“Juan, no me merezco esto. Abre. Hablemos. No te pido nada más.”

“¡Que te digo que no! ¡Vete! ¡Vete o llamo a la policía!”

Laura se quedo muda. No entendía nada. Ese no era el Juan que había conocido. Al final todos los hombres la acababan decepcionando. Se resistía a creer que lo único que había buscado era aprovecharse de ella. El muy cerdo. Ya no quería arreglar las cosas con él. Quería humillarle. Quería que sufriera como había sufrido ella tras su abrupta ruptura. Que supiera cómo se sentía. Que se sintiera como ella.

“Señorita, haga el favor de acompañarnos.”

Olvidarse de Juan sería lo mejor. No era más que un cobarde que se escudaba en otros para evitar sus problemas en lugar de solucionarlos. Un falso predicador. Ella merecía más, sin duda.

*** Juan ***

Tras una semana especialmente dura, Juan ansiaba desconectar de su trabajo. Llamó a su novio y quedaron para cenar. Se había buscado al perfecto hombre casero y formal, reacio a salir de copas hasta las tantas. Vaya, la antítesis de su carácter. Pero no, esta noche debían salir a tomar algo y olvidarse de todo el dolor que puebla el mundo. Era una necesidad vital. Supo convencerlo. Al fin y al cabo, se era su trabajo.

Pensar en trabajar le provocó migraña. Se implicaba demasiado. Era duro: La sanidad pública no te ofrece atención psiquiátrica si tus problemas no son graves. Sus pacientes eran gente destrozada. Muchos de ellos lo habían perdido todo. Algunos, con la medicación adecuada, podrían llegar a tener una vida medio decente. A menudo las alegrías de su trabajo no compensaban sus tristezas. Pero no arreglaría nada pensando en ello, era su día libre, su momento de relax. Juan se duchó, se lió un porro y se dispuso a dejar su mente en blanco. Ya lo estaba consiguiendo, cuando llamaron a la puerta.

“¿Si?”

“Abre, soy Laura.”

Juan salto al oír su voz. Una de sus pacientes. Una pobre chica con graves trastornos de la realidad y obsesivo-compulsiva. ¿En su casa?

“¿Laura? ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha dado mi dirección?”

“Necesito hablar contigo. Déjame pasar. Estoy segura que ha sido todo un malentendido. Déjame pasar y hablamos.”

Lo que faltaba. Justo cuando se disponía a olvidarlo, el trabajo venia a casa por su propio pie. Y Laura era una chica con la que se había querido distanciar, pues sospechaba que había empezado a sentir algo por él. Su llegada solo podía significar problemas.

“Laura, esta es mi casa, mi vida. Nos veremos pronto, pero no aquí. Lo siento, pero debes marcharte.”

Parecía estar en medio de una crisis, pero no podía ayudarla. No quería sentar el precedente de mezclar su vida con sus pacientes, y la reacción que esperaba no invitaba a abrir la puerta. Acertó: se paso la siguiente media hora llamándole e increpándole, cada vez de forma más agresiva. Juan recordó cuando empezó a tratarla, tras atacar a su familia por sentirse ignorada. Sintió miedo.

“¡Maldito canalla, perro rastrero, violador! ¡Abre! ¡Abre la puta puerta y hablemos!”

“¡Que te digo que no! ¡Vete! ¡Vete o llamo a la policía!”

Al final tuvo que llamarla. Cuando se la llevaron y el silencio volvió a su casa, se dejó caer en el sofá. Se sirvió una copa y pensó seriamente en hacerse camarero.

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